La palabra micromachismo a menudo se asocia con gestos torpes o comentarios desafortunados realizados por hombres hacia las mujeres o acerca de ellas, pero el concepto va más allá de una etiqueta para señalar errores cotidianos.
¿De donde surje el concepto de "micromachismo"?
Para entender su dimensión, es necesario volver al trabajo de Luis Bonino, psicólogo que acuñó el término en 1991. Luis Bonino, comenzó a desarrollar el concepto al observar a hombres que eran considerados «buenos compañeros», que no ejercían violencia física ni verbal sobre sus parejas y que no se veían a sí mismos como machistas.
Las parejas de estos hombres relataban en terapia un malestar constante y confuso. Sentían que algo no funcionaba en la dinámica diaria, pero eran incapaces de identificar la fuente del problema. Bonino se centró en esos comportamientos que, sin ser agresiones evidentes, minaban la autonomía y el bienestar de las mujeres.
Micromachismos frente a otras formas de violencia machista
El término micromachismo hace referencia a prácticas sexistas legitimadas por el entorno social que, según su teoría, contrastaban con otras formas de violencia machista condenadas y denunciadas con normalidad.
Aunque un acto micromachista aislado pueda parecer banal, su poder destructivo reside en su repetición constante y combinada, que de manera sutil pero sostenida, va minando la autonomía y el bienestar psicológico de la mujer.
Bonino no describió meras molestias, sino un patrón de deterioro psicológico sistemático. Los efectos comunes reportados son, aunque de menor intensidad, similares a los de formas más graves de abuso:
- Deterioro de la autoestima y auto credibilidad, que generan un aumento de la desmoralización e inseguridad y pueden llevar a la aparición de sentimientos de incompetencia, derrota o impotencia.
- Inhibición del desarrollo y la lucidez mental, que provocan el bloqueo o la disminución de la valentía el desarrollo personal y la libertad de la mujer.
- Agotamiento y malestar emocional, que causan malestar difuso y crean una constante sensación de inferioridad.
- Desautorización e infravaloración, que pueden generar en la mujer sentimientos de culpa, confusión e impotencia.
La persistencia de los micromachismos es una consecuencia directa de su invisibilidad y su normalización en la sociedad y las prácticas cotidianas, lo que los convierte en comportamientos masculinos «normales» y aceptados.
En definitiva, comportamientos sexistas que se asientan en la aún no deslegitimada «autoridad» masculina sobre las mujeres.
Micromachismos en el entorno laboral
En el ámbito laboral, los micromachismos se manifiestan como actitudes y comportamientos que refuerzan la desigualdad y perpetúan la discriminación hacia las mujeres en el ámbito profesional. Mientras la mujer intenta ascender por sus méritos y competencias, estos gestos sutiles la empujan constantemente hacia abajo, limitando su espacio y obligándola a gastar energía valiosa en contrarrestar suposiciones y prejuicios en lugar de en su desarrollo profesional.
A continuación, se detallan los micromachismos específicos que se dan en los entornos laborales.
- Micromachismos relacionados con la autoridad y la competencia: buscan socavar la credibilidad profesional de las mujeres y su posición de autoridad.
- Mansplaining y monopolio del habla: Se refiere a situaciones en las que un hombre explica algo a una mujer de manera condescendiente, presuponiendo que ella carece del conocimiento necesario. Esto se manifiesta frecuentemente en reuniones o espacios de trabajo con interrupciones constantes por parte de un hombre mientras una mujer expone un tema.
- Desautorización del éxito: Atribuir el éxito profesional de las mujeres a la suerte o a circunstancias externas, en lugar de reconocer sus capacidades, esfuerzo y los logros alcanzados.
- Asunción de liderazgo masculino: Dar por hecho que el jefe es un hombre y no una mujer. Esta suposición es un sesgo de género que asocia el liderazgo con lo masculino.
- Exigencias desiguales en la promoción: En los procesos de promoción, a menudo el potencial de la mujer es subestimado, y se le exige cumplir más requisitos que a sus compañeros varones para ser valorada de igual forma.
2. Micromachismos basados en estereotipos de género: se apoyan en los estereotipos de género para limitar las funciones de las mujeres al ámbito del cuidado o al servicio, incluso dentro de un contexto profesional.
- Asignación de tareas estereotipadas: Se tienden a asignar a las mujeres tareas administrativas o de cuidado, aunque no formen parte de sus responsabilidades laborales.
- Lenguaje de infantilización: Utilizar términos como «chica,» «niña,» o diminutivos como «cariño» para referirse a las mujeres profesionales son formas de infantilización que reducen su autoridad y perpetúan la jerarquización masculina.
- Superficialidad y sexualización: La realización de comentarios superficiales sobre la ropa, el maquillaje o la apariencia física de las mujeres, en lugar de centrarse exclusivamente en sus competencias profesionales.
3. Micromachismos relacionados con la vida personal y la exclusión: limitan la proyección profesional de las mujeres o las excluyen de los espacios de toma de decisiones.
- Preguntas sobre maternidad: Preguntar a las mujeres sobre sus planes en torno a la maternidad, mientras que a los hombres no se les plantean estas cuestiones o se asume que su carrera no se verá afectada por su rol como padres.
- Comentarios o bromas sexistas: Realizar comentarios o bromas sexistas en los espacios de trabajo.
- Exclusión de espacios informales: Excluir a las mujeres de reuniones informales, comidas o actividades fuera del trabajo. Estos son espacios donde a menudo se toman decisiones importantes o se fortalecen las relaciones laborales, y la exclusión se realiza bajo el estereotipo de que las mujeres «no encajan en esos entornos».
Estos comportamientos, van erosionando la confianza y el reconocimiento de las mujeres en su trabajo y pueden provocar que se sientan desautorizadas o infravaloradas, perpetuando una cultura de desigualdad donde el liderazgo y el reconocimiento se reservan principalmente para los hombres.
Para romper el ciclo, es esencial visibilizar y deslegitimar los micromachismos, sacándolos de la práctica cotidiana para lograr prácticas más igualitarias. Nombrarlos es el primer paso en este camino.





