Vivimos en una sociedad caracterizada por profundas desigualdades, donde, a pesar de los avances, las mujeres siguen enfrentando la necesidad de equilibrar la vida laboral y personal. Aunque las mujeres han ganado terreno en el acceso al mercado de trabajo, esta transformación no ha ido acompañada de un cambio similar en la organización familiar.
En la actualidad, las estructuras familiares han cambiado notablemente respecto a lo que tradicionalmente se entendía como «familia». Estas son más diversas, plurales y sus miembros tienen distintos intereses, aspiraciones y responsabilidades.
A pesar de estos cambios, los roles tradicionales siguen estando presentes, especialmente en lo relacionado con las responsabilidades domésticas, que continúan siendo mayoritariamente asumidas por las mujeres.
Esta desigual distribución de tareas refleja estructuras familiares y sociales que no están en sintonía con los avances y aspiraciones de una sociedad moderna y justa. Esta situación sigue confinando a las mujeres al rol tradicional de cuidadoras, forzándolas a hacer malabares con sus jornadas laborales y familiares, lo que constituye una barrera significativa en su integración plena al mercado laboral.
Por ello, trabajar la corresponsabilidad es esencial. Implica reconocer la importancia de las tareas de cuidado y las injustas consecuencias que un reparto desigual tiene para las mujeres.
Educar en la corresponsabilidad no solo responde a las necesidades de transformación de las estructuras familiares, sino que es un imperativo para adaptar la sociedad a las nuevas demandas de igualdad entre los géneros. Esta educación debe ser entendida como una obligación para construir una sociedad que promueva relaciones basadas en la autonomía, cooperación y corresponsabilidad.
El reparto equitativo de las responsabilidades domésticas entre mujeres y hombres es fundamental para lograr la igualdad real. En este contexto, educar en la corresponsabilidad se presenta como un pilar clave en el avance hacia la igualdad de género en nuestra sociedad.
Antecedentes. La construcción social de las desigualdades de género y sus consecuencias
Antes de abordar cómo fomentar la corresponsabilidad en las aulas, resulta imprescindible comprender algunos conceptos básicos que permiten analizar por qué las tareas domésticas y de cuidado han recaído históricamente en las mujeres.
Sistema sexo-género
Cuando se habla del sexo de una persona, se hace referencia a las características biológicas, fisiológicas y genéticas que diferencian a mujeres y hombres. En cambio, el género alude a un constructo social y cultural que determina qué comportamientos, actitudes, ocupaciones o valores se consideran apropiados para mujeres o para hombres.
La teoría sexo-género explica cómo, a partir de una clasificación biológica inicial, la sociedad ha construido un sistema de normas, expectativas y roles diferenciados en función del sexo asignado al nacer. Este sistema presupone que existirán maneras “femeninas” y “masculinas” de pensar, sentir y actuar, generando desigualdades en las oportunidades y en el reconocimiento social.
Estereotipos y roles de género
Desde el nacimiento comienza el proceso de socialización, mediante el cual las personas aprenden e interiorizan los comportamientos y valores que la sociedad considera adecuados.
Niñas y niños empiezan a desarrollar su identidad y sus preferencias personales dentro de un marco cultural que refuerza los estereotipos de género y orienta sus conductas hacia modelos distintos según su sexo.
Esta socialización diferenciada transmite lo que “se espera” de mujeres y de hombres en todos los ámbitos de la vida, asignando funciones, responsabilidades y espacios diferenciados.
En este marco, la construcción social del género ha dado lugar a un conjunto de roles y estereotipos que definen cómo “deben” ser y comportarse mujeres y hombres. Estos modelos se basan en ideas preconcebidas que la sociedad impone como si fueran naturales, generando expectativas distintas según el sexo asignado al nacer.
Los estereotipos de género responden a creencias generalizadas que atribuyen rasgos, actitudes o comportamientos a las personas por el simple hecho de ser mujeres u hombres. Por su parte, los roles de género se refieren a tareas, funciones y responsabilidades asignadas socialmente a cada sexo, que se aprenden e interiorizan en la vida cotidiana y se refuerzan desde la familia, la escuela, los medios y el entorno laboral.
Estos agentes socializadores desempeñan un papel clave en la difusión de esos modelos dado que a través de ellos se legitiman y reproducen normas y valores asociados al género, configurando identidades que a menudo perpetúan desigualdades estructurales.
División sexual del trabajo
Las funciones y los roles de género influyen profundamente en la organización social y en la forma en que se reparte el trabajo. La división sexual del trabajo se refiere a la asignación de tareas y responsabilidades en función del género, basada en creencias estereotipadas sobre las capacidades y características de mujeres y hombres.
Tradicionalmente, se ha vinculado a las mujeres con el espacio privado y el trabajo reproductivo o de cuidados, mientras que los hombres han sido asociados al ámbito público y al trabajo productivo o remunerado. Esta separación simbólica ha generado una jerarquía que otorga mayor reconocimiento y valor a las actividades desarrolladas en el espacio público.
Aunque el acceso de las mujeres al empleo ha aumentado notablemente, ello no ha venido acompañado de una incorporación proporcional de los hombres a las tareas domésticas y de cuidado.
Esta desigual distribución produce consecuencias directas en el ámbito laboral, entre las que destacan la segregación ocupacional. Esta se manifiesta de forma horizontal, cuando las mujeres se concentran en sectores o profesiones feminizadas y con peores condiciones, y de manera vertical, cuando su presencia disminuye a medida que aumenta el nivel de responsabilidad o liderazgo.
Además, la persistencia de estos modelos provoca lo que se conoce como doble jornada: muchas mujeres compatibilizan su empleo remunerado con las labores domésticas y familiares, asumiendo una carga de trabajo diaria mucho mayor.
Este fenómeno evidencia que, pese a los avances en igualdad formal, la corresponsabilidad en los cuidados continúa siendo una asignatura pendiente en la práctica cotidiana.
Por último, la brecha salarial de género es una de las expresiones más visibles de esta desigualdad. La necesidad de conciliar la vida personal y laboral lleva a muchas mujeres a aceptar empleos a tiempo parcial, con menor estabilidad o en la economía sumergida, lo que repercute en salarios más bajos, menor cotización y pensiones menos favorables. A día de hoy, las mujeres siguen ocupando la mayoría de los trabajos a tiempo parcial y enfrentan mayores tasas de temporalidad, reflejo de un sistema laboral que continúa penalizando la maternidad y la dedicación a los cuidados.
El reparto igualitario de tareas: corresponsabilidad y conciliación
La conciliación implica articular la vida laboral, familiar y personal, de modo que el empleo remunerado pueda coexistir con el trabajo doméstico, las responsabilidades de cuidado y el tiempo propio. Para que esa armonización sea real, resulta clave la corresponsabilidad, entendida como el reparto equilibrado y justo de las tareas del hogar y de las responsabilidades familiares entre todas las personas que conviven.
La corresponsabilidad es, en la práctica, un paso previo y necesario para la conciliación efectiva. Supone distribuir la organización del hogar, el cuidado, la educación y la gestión del tiempo de manera equitativa. Este enfoque conecta tres planos inseparables —profesional, familiar y personal— y exige revisar quién hace qué, cuánto tiempo dedica y con qué criterios se reparte la carga cotidiana.
Hablar de conciliación sin corresponsabilidad en el ámbito doméstico conduce a soluciones aparentes que mantienen la desigualdad. Por ello, la corresponsabilidad es la base que permite reorganizar tareas y tiempos, favoreciendo el bienestar común y la autonomía de todas las personas.
El problema radica en que la incorporación de los hombres al espacio doméstico y a los cuidados no se ha producido al mismo ritmo que la incorporación de las mujeres al empleo, generando una crisis de los cuidados. Este desequilibrio sostiene desigualdades persistentes en los ámbitos profesional, político y social, y subraya la necesidad de impulsar cambios culturales y organizativos que promuevan un reparto igualitario de tiempos y responsabilidades.
Trabajar la corresponsabilidad en las aulas
Importancia de la corresponsabilidad en el entorno escolar
El ámbito educativo constituye uno de los principales agentes socializadores en la formación de las personas. A través de la escuela se aprenden normas, valores y formas de relación que influyen decisivamente en cómo se entiende la igualdad y la convivencia. Por ello, incorporar la corresponsabilidad en la educación desde edades tempranas resulta esencial para avanzar hacia una sociedad más justa y equitativa, en la que mujeres y hombres compartan de manera equilibrada las responsabilidades y los cuidados.
Educar en corresponsabilidad significa fomentar el compromiso colectivo y la responsabilidad compartida, tanto dentro como fuera del hogar. Implica promover una distribución justa de las tareas cotidianas, libre de estereotipos de género, y desarrollar actitudes basadas en la cooperación, el respeto y la empatía.
Aprender estos valores desde la infancia no solo contribuye a la igualdad entre mujeres y hombres, sino que también favorece una convivencia más solidaria y participativa.
Integrar la corresponsabilidad en la escuela supone trabajarla de manera transversal, a través de todas las áreas y actividades educativas. Una educación corresponsable busca ampliar horizontes, romper las limitaciones impuestas por el género y visibilizar la igualdad en el reparto de tareas, las oportunidades y la toma de decisiones.
En definitiva, pretende enseñar a niñas y niños que todas las personas pueden y deben implicarse por igual en el cuidado y el bienestar común.
La educación es un pilar clave para la transformación social, ya que permite cuestionar modelos androcéntricos y ofrecer alternativas igualitarias. Desde el aula se pueden detectar desigualdades, prevenir actitudes sexistas y promover relaciones basadas en el respeto mutuo.
Aprender a convivir en igualdad requiere comprender que la corresponsabilidad no es una opción individual, sino una necesidad social que beneficia al conjunto de la comunidad.
Aunque se han logrado avances significativos en materia de igualdad, persisten retos que demandan una implicación conjunta de familias y centros educativos. Ambos son los primeros transmisores de valores y referentes de comportamiento, y sobre ellos recae la tarea de garantizar una educación no sexista, fundamentada en la libertad y la igualdad de oportunidades.
El papel del profesorado en la corresponsabilidad
El profesorado ocupa una posición clave para construir culturas escolares igualitarias. Su labor consiste en impulsar desde la primera infancia un aprendizaje que respete las diferencias y favorezca el desarrollo integral de cada persona. Para ello, resulta imprescindible emplear un lenguaje inclusivo, promover valores como la igualdad, la diversidad, el respeto y la tolerancia, y desterrar prácticas y mentalidades sexistas.
Como profesionales en contacto directo con la infancia y la adolescencia, el profesorado ha de ser consciente del poder transformador de la educación para cuestionar creencias que sostienen la desigualdad y reproducen el sistema patriarcal. Su ejemplo cotidiano —en el aula, en el patio, en las tutorías y en la relación con las familias— constituye un modelo de referencia que puede reforzar o desafiar el “currículo oculto”.
Ser referentes corresponsables implica integrar la igualdad en la práctica docente: reparto equitativo de tareas y responsabilidades en clase, expectativas académicas altas para todo el alumnado con independencia del género, visibilización de referentes diversos, y revisión de materiales y dinámicas para detectar sesgos. De este modo se impulsa una socialización donde la corresponsabilidad sea cotidiana y no excepcional.
Cómo integrar la corresponsabilidad en las aulas
Integrar la corresponsabilidad en la escuela implica tratarla como un eje transversal del proyecto educativo. No se limita a “ayudar en casa”, sino a comprender que las tareas domésticas y los cuidados forman parte valiosa de la vida cotidiana y del bienestar común. Abordarla desde el aula —y extender su importancia a toda la comunidad educativa— contribuye a modificar actitudes sexistas y a promover decisiones libres de estereotipos.
En el día a día del centro, la corresponsabilidad se concreta orientando tareas y comportamientos: cuando todo el grupo participa en el cuidado de los espacios (orden, limpieza, organización de materiales), se genera un entorno más seguro, agradable y propicio para el aprendizaje. Además, esta práctica fortalece el sentido de pertenencia, mejora la convivencia y puede impactar positivamente en la motivación y el rendimiento académico.
Es clave desarrollar actividades formativas que doten al alumnado de habilidades prácticas para el mantenimiento del hogar y los cuidados: talleres de organización del tiempo, higiene del entorno, cocina básica saludable, gestión del reciclaje, primeros auxilios elementales o acompañamiento a personas dependientes. Trabajarlas en la escuela garantiza igualdad de oportunidades y favorece la autonomía.
El trabajo pedagógico debe, además, desmontar roles y estereotipos de género mediante reflexión crítica y experiencias guiadas. Esto incluye usar lenguaje inclusivo, ampliar referentes y expectativas, visibilizar una presencia equilibrada de mujeres y hombres en todos los ámbitos, y fomentar valores como igualdad, respeto, tolerancia, compañerismo y cooperación. Así se potencia el desarrollo integral, respetando las diferencias sin condicionar capacidades ni elecciones por razones de género.
Conclusiones
Avanzar hacia hogares y comunidades corresponsables requiere un cambio cultural profundo: revisar creencias, redistribuir tiempos y asumir responsabilidades compartidas. El reparto del trabajo doméstico y de las responsabilidades de cuidado sigue siendo desigual y distante del ideal corresponsable. Superar esta realidad exige ir más allá de “repartir tareas”: implica cuestionar y desmontar los estereotipos de género que condicionan quién hace qué y cómo se valora.
En este sentido, las familias y la comunidad educativa desempeñan un papel decisivo. Deben integrar, desde edades tempranas, a niñas, niños y adolescentes en las tareas cotidianas y cuidados, fomentando hábitos igualitarios y estables y expectativas libres de estereotipos.
En conjunto, una escuela corresponsable abre oportunidades formativas, promueve relaciones igualitarias y convierte la colaboración en una práctica diaria. Cuando el alumnado aprende a repartir responsabilidades y tiempos de forma justa, se sientan bases sólidas para que, dentro y fuera del aula, todas las personas puedan desarrollar su vida con autonomía, igualdad y cuidado mutuo.





