La violencia de género es una de las formas más devastadoras de violencia que existe hacia las mujeres, no solo por los efectos físicos visibles que provoca, sino también por las secuelas psicológicas profundas que deja en las víctimas y que son las más difíciles de detectar.
Las estadísticas muestran que un alto porcentaje de las mujeres que sufren violencia de género experimentan graves consecuencias psicológicas. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente el 35% de las mujeres a nivel mundial han experimentado violencia física o sexual por parte de su pareja en algún momento de su vida (OMS, 2013). Los efectos psicológicos de esta violencia incluyen trastornos como la ansiedad, la depresión, el trastorno de estrés postraumático (TEPT), entre otros. Estos trastornos afectan la calidad de vida de las personas afectadas y pueden generar secuelas que afectan a la capacidad para desarrollarse emocional y socialmente.
El Ciclo de la Violencia de Género y sus Repercusiones Emocionales
La violencia de género se caracteriza por un ciclo de abuso que se repite de manera continua. Este ciclo, descrito por Lenore Walker (1979), consta de tres fases: fase de tensión, fase de agresión y fase de reconciliación.
Durante la fase de tensión, la persona agresora genera una atmósfera de miedo, control y agresividad, lo que crea un estrés constante en la víctima. La fase de agresión incluye el abuso físico, psicológico o sexual, y la fase de reconciliación ofrece una falsa esperanza de cambio, lo que hace que la víctima permanezca en la relación abusiva.
Este ciclo genera un entorno emocionalmente inestable y afecta profundamente el bienestar psicológico de las víctimas, las cuales viven en un estado de alerta permanente, lo que eleva sus niveles de ansiedad y depresión. Además, la incertidumbre sobre cuándo ocurrirá la próxima agresión crea una constante sensación de inseguridad, que afecta su salud mental.
La autoimagen y la autoestima de las personas víctimas de violencia de género se ven gravemente afectadas debido a la constante humillación, control y manipulación a los que son sometidas. Esto puede generar sentimientos de impotencia, inseguridad y una percepción distorsionada de sí mismas, lo que aumenta el riesgo de sufrir depresión y ansiedad crónica.
Trastornos Psicológicos Comunes en las Víctimas de Violencia de Género
La violencia de género tiene efectos psicológicos devastadores que pueden derivar o tener influencia en una amplia variedad de trastornos mentales. Los más comunes son:
Ansiedad
1) Mecanismos explicativos
– Amenaza impredecible y control coercitivo: la alternancia entre agresiones, amenazas y fases de “calma” genera incertidumbre y anticipación ansiosa constante.
– Hipervigilancia y alerta: la persona permanece en alerta permanente (analiza ruidos, miradas, mensajes), lo que agota recursos cognitivos y emocionales.
– Condicionamiento y evitación: estímulos neutros (lugares, olores, horarios) se asocian al daño y disparan ansiedad; para reducirla se evita, pero la evitación mantiene y amplifica el problema.
– Aislamiento y pérdida de control: la reducción de apoyos y de autonomía aumenta la sensación de indefensión, elevando la reacción ansiosa.
– Carga fisiológica del estrés crónico: la respuesta constante al estrés activa de forma continuada ciertas reacciones como la taquicardia, tensión muscular, problemas gastrointestinales y del sueño, retroalimentando la ansiedad.
2) Manifestaciones clínicas frecuentes
– Síntomas cognitivos: preocupación excesiva, rumiación, dificultad para concentrarse, pensamientos catastróficos y anticipación de daño.
- – Crisis de ansiedad/pánico: picos agudos con miedo a perder el control o a “que pase algo malo”.
- – Sueño: insomnio, terrores nocturnos o pesadillas recurrentes.
- – Interferencia funcional: deterioro en el rendimiento laboral/ académico, retraimiento social y dificultades en el autocuidado.
Depresión
La violencia de género está asociada con la aparición y el mantenimiento de trastornos depresivos. No es solo “correlación”, existen mecanismos causales y de retroalimentación que explican por qué la depresión emerge, se agrava y puede cronificarse en contextos de maltrato (García et al., 2018).
1) Mecanismos psicológicos y sociales
– Indefensión aprendida: la exposición repetida a agresiones y amenazas genera la expectativa de que “nada de lo que haga cambia el resultado”, alimentando pasividad, desesperanza y depresión.
– Control coercitivo e aislamiento: la persona agresora restringe decisiones, recursos, movimiento y contactos. Esta pérdida de autonomía y de red social es un potenciador de sintomatología depresiva.
– Vínculo traumático: alternancia de violencia y “reparación” (promesas, afecto intermitente) que confunde, incrementa la culpa y dificulta la salida, reforzando la autoimagen negativa.
– Esquemas cognitivos de culpa: la victimización reiterada se internaliza (“me lo merezco”, “no valgo”), manteniendo pensamientos depresivos.
– Estrés crónico y dificultad de recursos: la vigilancia constante, la sobrecarga de cuidados y la dependencia económica reducen energía disponible para afrontar la situación y buscar de ayuda.
2) Manifestaciones clínicas frecuentes:
– Ánimo deprimido y anhedonia, retraimiento social, llanto fácil.
– Culpa, vergüenza, (“si yo cambiara, pararía”)
– Baja autoestima y desesperanza (“mi vida no va a mejorar”).
– Síntomas físicos (fatiga, dolor), alteraciones del sueño y del apetito.
– Ideación suicida (evaluar siempre el riesgo de forma prioritaria).
– Comorbilidad muy habitual: ansiedad, TEPT/TEPT complejo, consumo de sustancias.
3) Un círculo que se retroalimenta (bidireccionalidad)
- La depresión merma la energía, la iniciativa y las funciones ejecutivas, lo que dificulta solicitar ayuda, planificar la salida y sostener las gestiones jurídicas, laborales y sociales.
- Esta limitación aumenta la exposición continuada a la violencia, retroalimentando el círculo de daño y agravando la sintomatología.
Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT)
El TEPT en personas víctimas de violencia de género se caracteriza por la reexperimentación (flashbacks, pesadillas), evitación persistente, alteraciones cognitivas y del estado de ánimo (culpa, autovaloración negativa, desconfianza) y hiperalerta, con un miedo anticipatorio que limita relaciones, desplazamientos y actividades cotidianas.
La exposición continuada a la amenaza y al control coercitivo mantiene un estado de vigilancia permanente, lo que dificulta la confianza y el establecimiento de vínculos saludables. La evitación alivia a corto plazo, pero perpetúa el cuadro y restringe la vida diaria. La intervención debe priorizar la seguridad, la validación y el acceso a tratamientos basados en la evidencia con enfoque trauma-informado, integrando apoyos psicosociales y, cuando esté indicado, tratamiento farmacológico.
Trastornos Alimentarios
Los trastornos de la conducta alimentaria pueden emerger o agravarse como estrategias de control y regulación emocional ante la indefensión y la amenaza continuada. La restricción y desajuste alimentario alivian momentáneamente la ansiedad, pero consolidan un ciclo de culpa, distorsión de la imagen corporal y deterioro físico y psicosocial. La comorbilidad con TEPT/TEPT complejo, depresión y ansiedad es elevada, y el impacto médico puede ser grave (alteraciones electrolíticas, cardiovasculares y óseas).
La intervención debe priorizar la seguridad, el cribado médico, y un abordaje multidisciplinar con apoyo nutricional clínico, manejo de t y medidas psicosociales de protección.
El Impacto de la Violencia en la Salud Mental Infantil
Cuando hay hijos e hijas involucradas, ya sea como víctimas directas o como testigos de la violencia, los efectos emocionales pueden ser devastadores.
Los niños y las niñas que presencian violencia experimentan efectos psicológicos similares a los de las personas adultas víctimas. Pueden desarrollar ansiedad, depresión, trastornos de conducta e incluso agresividad. Además, pueden sentir que la violencia es algo normal o esperado, lo que aumenta el riesgo de que, en su vida adulta, reproduzcan estos patrones de abuso en sus propias relaciones o tengan dificultad para entablar relaciones funcionales. Pueden llegar a internalizar las dinámicas de poder y control que presencian reproduciendo en su vida adulta los patrones de violencia. Este fenómeno se conoce como Trauma Transgeneracional y puede perpetuar el ciclo de la violencia de género.
La Importancia de la Intervención Temprana
La intervención psicológica temprana es fundamental para tratar los efectos emocionales de la violencia de género. Los programas de apoyo deben ser accesibles y ofrecer una atención integral que aborde tanto el trauma físico como el psicológico.
Terapia Psicológica y Tratamiento Especializado
Las terapias, como la terapia cognitivo-conductual (TCC) y la terapia de grupo, han demostrado ser eficaces para tratar los efectos emocionales de la violencia de género. Estos enfoques terapéuticos permiten a las víctimas identificar patrones de pensamiento destructivos y aprender técnicas para manejar el estrés, la ansiedad y el trauma.
Recursos de Apoyo
Es crucial que las mujeres víctimas de violencia de género tengan acceso a recursos adecuados, como líneas de apoyo psicológico y centros de acogida. Estos servicios deben proporcionar un espacio seguro y de confianza donde ellas puedan recibir el apoyo necesario para recuperarse de los efectos emocionales de la violencia.
Rehabilitación Emocional a Largo Plazo
La rehabilitación emocional debe ser un proceso continuo. A medida que la persona se aleja de su agresor, es esencial contar con un acompañamiento psicológico constante para evitar la revictimización y promover la recuperación emocional a largo plazo de forma efectiva.
El Papel de la Sociedad y la Legislación
Por último, conviene recordar que el marco legal no es estático. La discusión pública sobre elevar la edad de consentimiento en entornos digitales y sobre controles parentales preinstalados en dispositivos ilustra una intuición social: la infancia requiere un plus de protección. Bienvenida sea esa ambición, siempre que evite dos errores: confundir protección con paternalismo tecnocrático y pensar que la técnica, por sí sola, redime una cultura.
Concienciación Social
Es fundamental sensibilizar a la sociedad sobre los efectos psicológicos de la violencia de género. Las campañas de concienciación deben ir más allá de la violencia física e incluir información sobre los daños psicológicos a largo plazo, promoviendo la comprensión y el apoyo a las mujeres víctimas.
El Acceso a la Justicia
Es esencial que las personas víctimas de violencia de género no solo tengan acceso a refugios físicos, sino también a servicios psicológicos gratuitos que les ayuden a superar los efectos emocionales del abuso. La justicia debe ser accesible y ofrecer un enfoque integral de atención efectiva con perspectiva de género.
Conclusión
La violencia de género no solo debe ser entendida como un abuso físico, sino también como una forma de violencia psicológica que tiene consecuencias devastadoras en la salud mental de las víctimas. La recuperación emocional debe ser una parte integral de cualquier plan de intervención, y la salud mental debe ser priorizada en los programas de apoyo a las víctimas. Solo a través de un enfoque integral, que incluya prevención, intervención temprana y acompañamiento psicológico a largo plazo, se podrá garantizar que las personas víctimas de violencia de género puedan sanar y reconstruir sus vidas de manera plena.





